En enero de 2024 informábamos en nuestro Observatorio sobre la controvertida decisión del estado de Michigan de permitir el aborto hasta el momento del parto, incluso en casos en los que el feto es viable. Hoy, el debate se reaviva en el Reino Unido, donde Inglaterra y Gales siguen el mismo camino: permitir la interrupción del embarazo en fases avanzadas, sin que medie una causa médica que afecte a la salud de la madre o del niño. Esta ampliación extrema del aborto legal plantea serias cuestiones bioéticas, al difuminar la ya frágil línea que separa el aborto del infanticidio. Terminar con la vida de un ser humano en el momento del nacimiento —a través de métodos invasivos y crueles— pone de relieve no solo la gravedad de estas prácticas, sino también la necesidad urgente de replantear el valor que se otorga a la vida humana en sus fases más vulnerables.

 

La reciente noticia sobre la legalización del aborto hasta el momento del parto en Inglaterra y Gales es un reflejo alarmante de la grave crisis y decadencia moral en la que se encuentra nuestra sociedad. Esta decisión, aprobada el 17 de junio de 2025, permite la interrupción del embarazo por cualquier motivo, incluyendo la selección de sexo y discapacidades.

Con esta legislación no solo se abre la puerta a la posibilidad de que se termine con la vida de un bebé justo en el instante de su nacimiento, sino que también plantea serias dudas sobre el valor de la vida humana hoy y el respeto por la dignidad de los más vulnerables.

¿Avance de derechos o retroceso de humanidad?

La decisión de permitir el aborto hasta el momento del parto es un acto que deshumaniza a los no nacidos y la sociedad en general. Este enfoque radical hacia la mal llamada “interrupción del embarazo” se presenta como un avance en los derechos reproductivos, pero en realidad, es un retroceso en nuestra humanidad. Al legalizar el aborto en un momento tan crítico, se está normalizando una cultura de muerte que considera la vida de un ser humano como desechable en cualquier momento y por cualquier circunstancia.

La brutalidad de esta práctica radica en la profunda deshumanización que genera en la sociedad. Cuando se permite que un bebé sea asesinado en el momento de su nacimiento, se envía un mensaje claro: la vida humana tiene un valor relativo que puede ser desestimado por conveniencia. Esta deshumanización no solo afecta a los bebés, sino que también tiene repercusiones en la percepción que la sociedad tiene sobre la vida en general.

El infanticidio en la historia: una sombra que regresa

Ciertamente, el infanticidio ha sido una práctica extendida a lo largo de la historia, motivada por una combinación de factores económicos, sociales, culturales y religiosos. En civilizaciones como Grecia, Roma, China e India, el infanticidio era a menudo una respuesta a condiciones sociales y económicas adversas. La pobreza y la falta de recursos obligaban a las familias a tomar decisiones desgarradoras sobre la vida de sus hijos. En sociedades patriarcales, los varones eran valorados por su potencial en la herencia y el trabajo, mientras que las niñas eran vistas como cargas económicas, lo que llevó a la eliminación sistemática de bebés femeninos.

El abandono, una práctica común en Grecia y Roma, permitía a los padres evitar la culpa directa al dejar a los bebés en lugares públicos, donde podían ser recogidos, aunque el destino de muchos era incierto. En otras culturas, como la de los cartagineses, el sacrificio de niños era un ritual religioso cuyo destino era apaciguar a los dioses, y los bebés con malformaciones eran abandonados por considerarse un mal augurio.

Todas estas prácticas reflejan una visión utilitaria de la vida humana, también la recientemente aprobada en Reino Unido y Gales donde el valor de un individuo se mide en términos de su contribución a la familia o a la sociedad.

Cómo se frenó el infanticidio en el pasado

La reducción del infanticidio fue un proceso gradual, influenciado en gran medida por la difusión de religiones monoteístas que promovieron la dignidad de la vida humana. El judaísmo condenaba el infanticidio, considerándolo un pecado grave. El cristianismo, desde sus inicios, se opuso al abandono de niños, promoviendo la caridad y la adopción como alternativas. A medida que el Imperio Romano se cristianizó, leyes como las de Constantino (313 d.C.) y Valentiniano (374 d.C.) comenzaron a penalizar el infanticidio, marcando un cambio significativo hacia la protección de la vida.

El islam también prohibió explícitamente el infanticidio, como se menciona en el Corán (17:31, 81:8-9). Estos cambios legislativos, junto con mejoras económicas, como el aumento de la productividad agrícola, y la creación de orfanatos en la Europa medieval, proporcionaron alternativas al abandono. Los movimientos humanistas del Renacimiento y la Ilustración reforzaron aún más la idea de la dignidad humana, contribuyendo a la disminución del infanticidio en la sociedad.

¿Hacia un nuevo tipo de infanticidio legal?

Hoy -bajo la fachada de los derechos reproductivos– están resurgiendo esas terribles prácticas infanticidas que fueron eliminadas en el avance de las sociedades y que fueron siempre vistas como uno de los actos más atroces que una sociedad puede cometer. Y si, la legalización del aborto hasta el momento del parto es, en esencia, una forma de infanticidio, ya que permite la eliminación de un ser humano que ya puede desarrollar su vida fuera del útero materno. Este acto no solo es un ataque a la vida, sino que también es un ataque directo a la moral de la sociedad.

La reinstalación de esta barbarie en nuestra cultura es un signo de una enfermedad social que no respeta la vida ni la dignidad de los individuos. La normalización de estas prácticas puede llevar a una pendiente resbaladiza donde la vida humana se convierte en un bien de consumo, evaluado únicamente en términos de conveniencia y deseo.

También la mujer es víctima

Además de todo lo relatado con anterioridad, la práctica del aborto, especialmente en etapas avanzadas del embarazo, conlleva serios riesgos para la salud de la madre. Los procedimientos abortivos tardíos son más complejos y pueden resultar en complicaciones físicas y psicológicas. Las mujeres que se someten a abortos en estas etapas pueden enfrentar hemorragias, infecciones e incluso daños en órganos reproductivos.

Psicológicamente, muchas mujeres que han pasado por un aborto tardío experimentan sentimientos de culpa, depresión y ansiedad. La decisión de interrumpir un embarazo en una etapa tan avanzada puede dejar cicatrices emocionales que perduran a lo largo del tiempo. La sociedad debe cuestionar si realmente está protegiendo a las mujeres al ofrecerles esta opción, o si, en cambio, las está empujando hacia un camino de sufrimiento, arrepentimiento y dolor.

Una advertencia que no podemos ignorar

En definitiva, la legalización del aborto hasta el momento del parto es solo la punta del iceberg en un tsunami de muerte que se avecina. Si no se toman medidas para abordar esta problemática, podemos esperar que la cultura de la muerte se expanda aún más. Las legislaciones que desprotegen la vida humana pueden llevar a una mayor aceptación de prácticas inhumanas, donde el valor de la vida se mide en términos utilitarios.

Este fenómeno no es exclusivo de un país o región; es un síntoma de una crisis global en la que se está perdiendo el respeto por la vida. La historia nos ha enseñado que cuando una sociedad comienza a desestimar la vida de los más vulnerables, el siguiente paso es la deshumanización de otros grupos. Las advertencias sobre el genocidio y la limpieza étnica no son meras exageraciones; son lecciones del pasado que debemos recordar y aprender.

La brutalidad de una sociedad que permite el asesinato de un bebé en el momento de nacer es un reflejo de una moralidad fallida. Debemos unir nuestras voces para rechazar esta cultura de muerte y abogar por una sociedad que valore y respete la vida en todas sus etapas.

La advertencia es clara: si no actuamos ahora, el tsunami de la muerte arrastrará con él no solo a los no nacidos, sino también a la humanidad misma. La lucha por la vida es una lucha por nuestra propia humanidad, y es hora de que la defendamos con todas nuestras fuerzas.

 

Ana del Pino

Coordinadora Nacional NEOS

Vicesecretaria General Federación Provida

La entrada Infanticidio al nacer: el nuevo rostro de la cultura de la muerte aparece primero en Observatorio de Bioética, UCV.

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