En marzo de 2025, el alta médica de un paciente australiano que vivió más de tres meses con un corazón completamente artificial marcó un hito sin precedentes en la medicina contemporánea. El dispositivo BiVACOR, fruto de más de veinte años de investigación, permite por primera vez llevar una vida activa fuera del hospital con un corazón mecánico funcional. Este avance técnico, sin embargo, plantea preguntas éticas y antropológicas de fondo: ¿hasta qué punto es legítimo intervenir tecnológicamente en el cuerpo humano?, ¿representa esto una medicina humanizadora o el umbral del transhumanismo? Frente a estas cuestiones, es necesario afirmar que la técnica médica, cuando está al servicio de la vida, la dignidad y la naturaleza del ser humano, lejos de desdibujar su identidad, la acompaña y la custodia.

 

En marzo de 2025, un paciente australiano fue dado de alta tras haber vivido más de tres meses con un corazón artificial fabricado en su totalidad de titanio, a la espera de un trasplante definitivo.[1] Este hito, alcanzado por el dispositivo BiVACOR[2] —fruto de más de dos décadas de investigación—, constituye un avance clínico y científico sin precedentes en el tratamiento de la insuficiencia cardíaca de carácter terminal, al permitir por primera vez una vida de forma activa fuera del ámbito hospitalario y con un corazón completamente mecánico.

El dispositivo, compacto, sin válvulas ni piezas múltiples, utiliza una única pieza giratoria levitante que regula el flujo sanguíneo según la actividad del paciente, minimizando riesgos mecánicos.[3] Sin embargo, más allá del éxito biomédico, este acontecimiento plantea interrogantes sobre los límites de la intervención tecnológica en el cuerpo humano, desafiando diferentes concepciones éticas, antropológicas y filosóficas tradicionales.

La posibilidad real de sustituir un órgano vital con una máquina durable y funcional interpela el concepto mismo de corporalidad y de identidad personal, abriendo un posible debate sobre si estas intervenciones representan una medicina humanizadora o el preludio de una lógica de corte transhumanista que pretende superar la naturaleza humana mediante la técnica.

El uso del BiVACOR no debe interpretarse como un paso hacia la superación artificial de nuestra naturaleza, sino como una manifestación concreta de una medicina orientada al cuidado, enmarcada en el reconocimiento de la dignidad ontológica de la persona. Así, frente al paradigma transhumanista, que tiende a desvincular al cuerpo de la identidad (dualismo ontológico) y sueña con su reemplazo definitivo por soportes mecánicos (el transhumanismo para llegar a un posthumanismo), el caso BiVACOR puede leerse como un ejemplo de que, la tecnología está al servicio de la persona: una intervención terapéutica, proporcional y transitoria, destinada a preservar la vida hasta que la medicina restituya, en la medida de lo posible, el curso natural corpóreo mediante el trasplante de un órgano biológico. Así entendido, el corazón artificial no simboliza la abolición de la vulnerabilidad ni la creación de un nuevo tipo de ser humano, sino la expresión de una técnica subordinada a una ética del cuidado, comprometida con una visión integral del ser humano como una unidad de cuerpo y mente, y con una aplicación médica verdaderamente humanizadora que acompaña, sostiene y respeta la dignidad de la persona junto con su naturaleza en su totalidad.

Daniel Timms. Founder & Chief Technical Officer

Tecnología y humanismo: una transición necesaria

Los avances tecnológicos en medicina pueden presentar una ambivalencia estructural: pueden curar o deshumanizar, salvar o cosificar. En este caso, el corazón artificial BiVACOR es una muestra paradigmática de esta tensión. Su éxito clínico es indiscutible, pero su significado ético y antropológico exige una reflexión. La cuestión no es solo si puede hacerse, sino “¿debe hacerse?”[4], y bajo qué condiciones.

Desde una perspectiva humanista, el cuerpo humano no es un objeto de partes intercambiables, sino una dimensión constitutiva del sujeto.[5] En este sentido, la introducción de dispositivos mecánicos para sustituir funciones vitales como la circulación sanguínea para mantener con vida al paciente, plantea cuestiones sobre la identidad, la integridad y el sentido de vivir del ser humano.

La técnica puede asistir, pero no debe invadir sin medida. Así, lo que define el valor de una acción, o en este caso de esta intervención, no es su complejidad tecnológica, sino su orientación al bien integral de la persona[6] y su mejoría desde el punto de vista de la salud. En este caso, el implante del corazón artificial no pretende crear un nuevo tipo de ser humano, sino sostener una vida en situación crítica, ya que podemos decir que es una tecnología de acompañamiento y no de superación posthumana.

Perspectiva ética: Cuidado, proporcionalidad y responsabilidad

La reflexión ética sobre el uso de un corazón artificial debe apoyarse en principios sólidos que no se reduzcan al cálculo de beneficios, sino que contemplen la totalidad de la persona. En este marco, el concepto de proporcionalidad adquiere un papel clave. El implante del BiVACOR se justifica como medida extraordinaria, y por así decirlo transitoria, ante un mal inminente: la muerte por fallo cardíaco irreversible, no buscando una prolongación indefinida de la vida ni una mera mejora artificial del cuerpo humano, sino ofrecer una alternativa realista hasta la recepción de un órgano humano compatible.

Este uso se orienta éticamente por una lógica del cuidado, y no del dominio.[7] El corazón artificial no convierte al paciente en un “cyborg”, ni pretende sustituir su naturaleza biológica, sino que se adapta a su vulnerabilidad y la sostiene de manera temporal. Tal uso se enmarca dentro de una ética de la responsabilidad, como la formulada por Hans Jonas,[8] que reclama prudencia y previsión cuando se actúa sobre los fundamentos de la vida humana.

Desde el principialismo bioético[9], también es posible una valoración favorable:

  • Autonomía: El paciente actúa con consentimiento informado.
  • Beneficencia: Se busca su bienestar físico y psicológico del paciente.
  • No maleficencia: Se evita un daño mayor (la muerte) con un riesgo clínico aceptable.
  • Justicia: Esta tecnología, puede ofrecer una solución más equitativa ante la escasez de órganos.

Pero es en la bioética personalista[10] donde esta intervención halla su justificación más profunda: el corazón artificial se pone al servicio de la vida, la dignidad y la integridad personal, sin pretender redefinir la esencia de la misma ni su naturaleza:

  • Primacía de la persona sobre la técnica: El corazón artificial es éticamente aceptable ya que se emplea al servicio de la vida y la dignidad del paciente, sin instrumentalizarlo ni reducirlo a un materialismo biológico.
  • Principio de defensa de la vida: El BiVACOR se justifica moralmente porque protege la vida física en una situación límite.
  • Principio de totalidad: Se permite sustituir un órgano dañado si ello contribuye al bien de la persona en su conjunto y no supone mutilación, sino una restauración funcional.
  • Principio de libertad y responsabilidad: El paciente debe dar consentimiento libre e informado, con plena conciencia del carácter transitorio y terapéutico del dispositivo.
  • Respeto a la identidad personal y corporalidad: El cuerpo no es intercambiable ni reducible a meras partes funcionales. Vivir con un corazón artificial requiere que la intervención no altere la autopercepción ni la dignidad del paciente.
  • Tecnología como cuidado, no como dominio: El BiVACOR se considera éticamente lícito si responde al cuidado del paciente, a la vulnerabilidad humana y no si busca la superación del límite biológico humano como propone el transhumanismo.

Antropología del cuerpo y límites del intervenir

La reflexión antropológica aporta una dimensión imprescindible. ¿Qué significa vivir con un corazón artificial? Esta pregunta, lejos de ser banal, toca el núcleo de la identidad personal. El cuerpo no es una simple máquina; es el lugar de la experiencia, la expresión y la relación con el yo y con el otro.[11] La medicina, por tanto, no puede limitarse a la reparación funcional: debe atender al significado existencial de sus intervenciones.

Vivir con un corazón artificial, aunque clínicamente viable, puede ser vivido como una alteración profunda de la propia autopercepción. Pero si esta experiencia es integrada en una narrativa vital que respeta la identidad del paciente y lo ayuda a mantener su autonomía y su naturaleza, entonces puede ser asumida sin pérdida de su humanidad natural y de su vulnerabilidad.[12] La medicina, en este sentido, debe ser aliada de este sentido y no solo de la eficacia.

Frente a las propuestas transhumanistas que buscan abolir la vulnerabilidad que presenta nuestra propia naturaleza, el BiVACOR representa una tecnología que la reconoce y la acompaña. Su valor no está en sustituir partes del cuerpo humano de forma permanente, sino en sostenerlo mientras se espera una respuesta coherente. Así, no niega la finitud, sino que la asume desde una lógica de cuidado.

El horizonte transhumanista: ¿un corazón sin humanidad?

El transhumanismo es un paradigma tecnocientífico que promueve la mejora artificial de las capacidades humanas mediante tecnología. Su horizonte es la superación de la muerte, de nuestra finitud, busca la fusión con la máquina y la superación del cuerpo biológico.[13] Desde esta visión, el corazón artificial podría parecer una pieza más en el camino hacia un “superhombre” o “cyborg”.

Hay que señalar que el cuerpo humano no es una prótesis o un conjunto piezas intercambiables, sino una dimensión constitutiva de la persona. La identidad personal no se construye al margen del cuerpo, sino en su unidad con el cuerpo, la mente, la historia y la relacionalidad con el otro[14]. Sustituir radicalmente esta corporalidad sin tener en cuenta sus implicaciones ontológicas es deshumanizar a la persona.

La medicina no puede convertirse en ingeniería del posthumano ya que debe conservar su vocación de curar y no de rediseñar. El uso del BiVACOR es lícito en tanto que se orienta al restablecimiento del equilibrio vital y no a la creación de una nueva forma de vida asistida indefinidamente por la máquina.

La ética como raíz del deber

La legitimidad moral de una acción no puede reducirse únicamente a su viabilidad técnica, pues su fundamento auténtico reside en el respeto ontológico a la persona. Así, toda intervención médica, por más avanzada que sea tecnológicamente, debe brotar de un juicio ético que tenga en cuenta la dignidad intrínseca del ser humano. No basta con que algo sea posible desde el punto de vista técnico ya que es necesario que sea también moralmente legítimo. Esta legitimidad solo se alcanza cuando la norma ética surge del interior del ser moral, es decir, cuando el deber ser se vincula profundamente con el ser mismo de la persona, considerada en su totalidad, con su vulnerabilidad, su libertad y su apertura a la verdad.[15]

La ética médica no puede prescindir del respeto a la dignidad intrínseca del ser humano, ya que la persona nunca debe ser tratada como medio, sino como fin en sí misma. El corazón artificial BiVACOR es éticamente aceptable precisamente porque se utiliza para preservar esa dignidad y no para redefinirla, convirtiéndose así, en una herramienta de servicio a la persona y no de dominación.[16]

Conclusión: Medicina humanizadora, no transhumanista

El caso del corazón artificial BiVACOR constituye una encrucijada entre el progreso tecnológico y la conciencia moral, entre el potencial ilimitado de la técnica y los límites ineludibles de la naturaleza humana. Frente a las tentaciones de una medicina que mire el cuerpo como un simple ensamblaje de partes sustituibles, este hito clínico puede y debe ser leído como una manifestación concreta de una medicina humanizadora, que reconoce en la persona su valor ontológico y no funcional.

Lejos de ser un paso hacia el transhumanismo, el BiVACOR, cuando es empleado con criterios éticos claros —proporcionalidad, finalidad terapéutica, respeto a la identidad corporal y a la totalidad de la persona y consentimiento informado—, se inscribe en una lógica del cuidado que abraza la vulnerabilidad humana sin pretender abolirla ni modificarla.

Así entendido, el corazón artificial no anticipa un nuevo tipo de ser humano tecnológicamente rediseñado, sino que da testimonio de una técnica médica que se mantiene fiel a su vocación: sostener la vida, aliviar el sufrimiento y acompañar al ser humano en su fragilidad, sin desdibujar lo que significa su naturaleza. La tecnología, por tanto, no es enemiga de la humanidad si se subordina a una ética que la oriente, que sepa discernir cuándo intervenir y cuándo dejar espacio a lo natural, y que, sobre todo, mantenga viva la pregunta por el sentido de la vida. Porque solo desde esa raíz ética la técnica puede verdaderamente servir al hombre, y no pretender sustituirlo.

 

Jose Maria Diaz Sanchez

Graduado en Filosofía por la Universidad de Murcia

Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia

 

Referencias

[1] https://cnnespanol.cnn.com/2025/03/12/mundo/video/hombre-trasplante-corazon-artificial-australia-medicina-orix

[2] https://bivacor.com/

[3] https://isanidad.com/324237/un-paciente-sobrevive-100-dias-con-un-corazon-artificial-de-titanio-antes-de-recibir-un-trasplante-cardiaco/

[4] https://www.wma.net/es/policies-post/declaracion-de-la-amm-sobre-la-etica-medica-y-la-tecnologia-medica-avanzada/

[5] https://bioeticaparatodos.com/esquema-de-las-dimensiones-y-desarrollo-de-la-persona/

[6] Burgos, J. M. (2020). ¿Qué es el personalismo integral? Quién, (12), 9-37. p 33

[7] Alvarado García, A. (2004). La ética del cuidado. Revista Aquichan, 4(4), 30-39. p 31

[8] Siqueira, J. E. de. (2001). El principio de responsabilidad de Hans Jonas. Acta Bioethica, 7(2), 277-285.

[9] García, J. J. (2013). Bioética personalista y bioética principialista: Perspectivas. Cuadernos de Bioética, 24(80), 67-76. p 69.

[10] García, J. J. (2013). Bioética personalista y bioética principialista: Perspectivas. Cuadernos de Bioética, 24(80), 67-76.

[11] Burgos, J. M. (2009). Reconstruir la persona. Ensayos personalistas. Palabra. p 218.

[12] Miró López, S., & De la Calle Maldonado, C. (2021). Dos formas de entender la vulnerabilidad: Transhumanismo de Bostrom y antropología centrada en la persona. Cuadernos de Bioética, 32(105), 149-158. p 155

[13] Bostrom, N. (2011). Una historia del pensamiento transhumanista. Argumentos de razón técnica: Revista española de ciencia, tecnología y sociedad, y filosofía de la 1 tecnología, (14), 157-191.

[14] López López, A. F. (2021). Karol Wojtyla y su visión personalista del hombre. Cuestiones Teológicas, 39(91), 119–137. p 132 – 133

[15] Burgos, J. M. (2019). El personalismo de Karol Wojtyla como personalismo integral: Un análisis filosófico y una propuesta. Cuadernos de Pensamiento, 32, 105–134. p 123 – 126

[16] Vial Correa, J. de D., & Rodríguez Guerro, Á. (2009). La dignidad de la persona humana: Desde la fecundación hasta su muerte. Acta Bioethica, 15(1), 55–64.

 

 

*Fotos BiVACOR®

La entrada BiVACOR: el corazón artificial que salva vidas y plantea dilemas éticos sobre el futuro de la medicina aparece primero en Observatorio de Bioética, UCV.

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