En un reciente artículo publicado en la revista Science, cuatro autores estadounidenses proponen que se habilite la posibilidad de utilizar en investigación los cuerpos de personas diagnosticadas de muerte cerebral (PMD por las siglas en inglés, de “fallecidos fisiológicamente mantenidos”), que imitan la fisiología humanaviva, dado que podrían proporcionar nuevas oportunidades en determinadas líneas de investigación.

Como hemos publicado previamente en nuestro Observatorio, este tipo de ensayos ya han sido realizados, como en el caso reciente de un trasplante de hígado de cerdo genéticamente modificado en China, a un hombre de 50 años diagnosticado de muerte cerebral. El experimento se prolongó durante diez días, tiempo en el que el hígado porcino produjo bilis y albúmina.

Anteriormente, en el primer ensayo de estas características, se trasplantó un riñón de cerdo a una mujer en muerte cerebral en septiembre de 2021 y el órgano funcionó correctamente y con autonomía durante 54 horas.

Valoración bioética

Son múltiples las dificultades bioéticas que deben resolverse antes de proceder con este tipo de experimentos. A las propias de los xenotrasplantes, es decir, la utilización de órganos de animales en humanos que ya hemos analizado previamente, hay que añadir las referidas a la utilización de pacientes en muerte cerebral como campo de múltiples investigaciones.

En estos supuestos debe confirmarse, en primer lugar, que los candidatos a estos experimentos deben haber sido diagnosticados de muerte encefálica global, es decir, que deben haber cesado todas sus funciones encefálicas, tanto corticales como troncoencefálicas. El diagnóstico certero de muerte constituye un requisito irrenunciable en todo trasplante, de modo que se evite la extracción de órganos de pacientes que podrían no estar muertos, como ocurre cuando el diagnóstico de muerte se hace en base a la parada cardiorrespiratoria durante un tiempo insuficiente.

En segundo lugar, debe ponderarse si resulta más beneficioso emplear los órganos de los pacientes en muerte encefálica para ser trasplantados a pacientes que los necesitan con urgencia, en lugar de ensayar con ellos del modo descrito. Una justa evaluación de las prioridades asistenciales parece imprescindible ante la escasez de órganos para trasplante.

En tercer lugar, del mismo modo que, previo consentimiento expreso, todas las personas adultas pueden ser donantes de sus cuerpos con fines de enseñanza o investigación, sin limitación de edad ni de estado de salud, salvo padecer una enfermedad infectocontagiosa grave en el momento del fallecimiento, no parece que el caso de la experimentación con pacientes en muerte cerebral en los que se mantienen artificialmente algunas funciones vitales sea diferente desde la perspectiva bioética.

Aunque en España no es necesario manifestar la voluntad de donar los órganos tras la muerte para convertirse en donante, sí lo es para donar el cuerpo para los fines descritos.

En cuarto lugar, en el caso de la donación de órganos, el beneficio que se obtiene es objetivo, ya que pacientes muy graves pueden seguir viviendo en buenas condiciones tras recibir un órgano si el proceso es exitoso. En cambio, las perspectivas de utilidad de los ensayos propuestos por los autores mencionados, son muy limitadas. La viabilidad de los cuerpos cuyas funciones circulatoria y respiratoria son mantenidas artificialmente, no permite que los ensayos sobre ellos se mantengan el tiempo suficiente para poder confirmar resultados confiables. Por otra parte, no es posible reproducir en ellos los procesos que se darían en un cuerpo vivo, más que parcialmente, tras los experimentos a los que fueran sometidos.

Finalmente, en el caso de que la utilización de los PMD mejore en su viabilidad, permitiendo periodos de seguimiento más prolongados y no supongan una interferencia para la obtención de órganos para trasplante, el modelo propuesto podría resultar útil como un escalón intermedio entre la experimentación animal y con humanos, aproximando más los ensayos científicos al contexto humano, lo que permitiría obtener resultados más representativos en el caso de los experimentos de edición genética, xenotrasplante o ensayos clínicos de nuevos fármacos.

 

Julio Tudela

Observatorio de Bioética

Instituto Ciencias de la Vida

Universidad Católica de Valencia

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