El inicio de la actividad espacial
La exploración espacial, desde su inicio y durante todo el siglo XX, ha estado impulsada por el interés en los avances científicos y tecnológicos, el propio encanto de la aventura y la exploración, y también por consideraciones geopolíticas y estratégicas.
Sin embargo, tras la gesta de enviar un hombre a la Luna en 1969 y completar el programa Apolo con otras cinco misiones similares, el interés por continuar la exploración humana del espacio decayó por completo. El enorme coste de estas operaciones y la falta de rivalidad política con la caída del régimen soviético contribuyeron a este parón.
Durante los cincuenta años transcurridos desde entonces, sí que se han mantenido algunos programas de investigación: con el envío de sondas y robots a diferentes objetos espaciales y la permanente utilización de la Estación Espacial Internacional, que desde 1998 orbita la Tierra y ha recibido 71 expediciones de astronautas.
Aparece la necesidad de una gobernanza del espacio
El éxito del lanzamiento del Sputnik, el primer satélite artificial, en 1957, en medio de lo que se denominó la Guerra Fría, abrió una competición entre Estados Unidos y la Unión Soviética por superarse mutuamente con sus cohetes. Se abría la posibilidad de acceder al espacio exterior y, desde ese mismo momento, la ONU puso en marcha un comité para elaborar un tratado que equilibrara los intereses de ambos países y del resto del mundo. Diez años después se culminó la negociación con la firma, en 1967, del denominado Tratado del Espacio Exterior, que firmaron inicialmente un total de 20 países, incluyendo a los Estados Unidos y la URSS. El acuerdo daba a
todos los signatarios vía libre para operar en el espacio “con fines pacíficos”, al tiempo que les prohibía reclamar cualquier parte del cosmos como territorio soberano. En él se prohibía enviar armas nucleares al espacio, aunque no contenía ninguna disposición específica que prohibiera el uso de armas convencionales. A día de hoy lo han ratificado 110 países.
El mismo comité de la ONU continuó su labor, “para regir la exploración y utilización del espacio en beneficio de toda la humanidad: para la paz, la seguridad y el desarrollo”[1] proponiendo otros cuatro tratados relacionados con las actividades en el espacio ultraterrestre; el último de ellos en 1979, el Tratado de la Luna.
La invasión de las órbitas cercanas
La tecnología de la información y las comunicaciones ha propiciado, desde finales del siglo pasado, un fuerte impulso en el desarrollo económico mundial. Las redes de comunicación del siglo XXI dependen cada vez más del acceso a recursos espaciales, ya que las infraestructuras terrestres no son suficientes para atender la fuerte necesidad de conectividad y de gestionar los vastos flujos de información correspondientes. Morgan Stanley calcula que la industria espacial mundial podría generar unos ingresos de 1,1 billones de dólares o más en 2040, frente a los 350.000 millones de 2018.[2]
Esta actividad comercial, en la que han entrado con fuerza compañías privadas, se lleva a cabo mediante la puesta en órbita de una ingente cantidad de satélites. Y numerosos países se han sumado a esta vertiginosa carrera. A día de hoy hay más de 12.000 satélites circundando la Tierra, y la mayoría de ellos en órbitas bajas, a menos de 2000 km de altura. Una sola compañía estadounidense, SpaceX, fundada por el empresario Elon Musk, posee y explota más de la mitad de los satélites activos que orbitan hoy el planeta y tiene planes para llegar a los 42.000.[3] Son más de 70 los países que poseen algún satélite, incluso países pequeños o en desarrollo como Ruanda, Azerbaiyán o Mónaco.
Se hace necesaria una nueva gobernanza para el espacio
Esta invasión de satélites presenta retos de gobernanza no previstos en los tratados internacionales. Se requieren aclaraciones sustanciales para poder aplicar muchos de los principios establecidos en los tratados vigentes a la realidad existente. Dos cuestiones especialmente preocupantes necesitan una urgente regulación.
Existe un organismo internacional, la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), responsable de la atribución del espectro radioeléctrico y las órbitas de satélite a escala mundial, ante la que las naciones deben presentar sus propuestas para poner en órbita nuevos satélites. Pero las órbitas terrestres bajas se asignan esencialmente por orden de llegada, por lo que existe un incentivo muy fuerte para que los primeros operadores se hagan rápidamente con el mayor número posible de espacios orbitales, dejando a los últimos con opciones menos óptimas, o ninguna. En 2021, el director general de la Agencia Espacial Europea, Josef Aschbacher, denunció que Musk “impone las reglas” en el espacio, excluyendo a sus rivales de la asignación de frecuencias de radio y de las rutas abiertas en la órbita terrestre baja: “Una persona posee la mitad de los satélites activos del mundo. Es asombroso. De hecho, él dicta las normas. El resto del mundo, incluida Europa… no responde con la suficiente rapidez”[4]. En esta situación, numerosas empresas y países han actuado en consecuencia. Ese mismo año, Ruanda anunció que planeaba lanzar más de 300.000 satélites; esta misma estrategia ha sido seguida por numerosas empresas y países, de forma que, según un informe de Naciones Unidas de mayo del año pasado, en su conjunto, se han registrado en la UIT frecuencias radioeléctricas para más de 1,7 millones de satélites.[5] Un exceso de registros que, evidentemente, crea problemas obstaculizando el uso de las órbitas por aquellos que tienen capacidad real para lanzar una satélite al espacio y, además, complica extraordinariamente la gestión de coordinación. La UIT ni puede sancionar ni puede ejercer ningún control real sobre la forma en que un Estado miembro utiliza su asignación de órbita o espectro.
La segunda cuestión tiene que ver con los desechos espaciales. Porque, ¿qué ocurre cuando los satélites dejan de funcionar? Hay unos 3.000 objetos de este tipo y según, se calcula, existen también en órbita más de 24.000 objetos de 10 cm o más, 1 millón de menos de 10 cm y probablemente más de 130 millones de menos de 1 cm.[6] Esto supone un grave problema si tenemos en cuenta su velocidad. Objetos tan pequeños como un fragmento de pintura, viajando a más de 28.000 km por hora, pueden causar daños importantes a las naves espaciales. Los científicos temen que una simple colisión entre satélites o trozos de chatarra espacial, que es un riesgo real en una órbita abarrotada, podría desencadenar un suceso en cascada en el que fragmentos de plástico y metal rebotan entre los objetos de la órbita baja de la Tierra hasta formar una elipse de basura alrededor del planeta. Si esto llegara a ocurrir, la actividad en órbita sería imposible, quedarían inutilizadas por completo órbitas de gran valor científico y económico para las generaciones presentes y venideras. Ni existe una tecnología que permita eliminar los desechos orbitales, ni existen normas internacionales vinculantes para reducir la basura espacial, y ni siquiera todos los países permiten que se identifiquen sus respectivos restos.
Volvemos a ir a la Luna
Aunque la actividad espacial se ralentizó desde los años 70, la investigación mantenida desde entonces ha permitido conocer algunos secretos del universo y del sistema solar. La ciencia planetaria ha venido confirmando que los cuerpos celestes poseen en cantidades asombrosas materiales naturales que escasean o simplemente no existen en la Tierra. La existencia de estos materiales tan necesarios para el desarrollo industrial y económico de la Tierra, unido a los avances de la tecnología, la reducción de costes que ello lleva aparejado y el entusiasmo e impulso que el sector privado está imprimiendo en la actividad espacial, permiten pensar en una próxima era de explotación minera del espacio.
Se prevé una economía multimillonaria en torno a la explotación de estos recursos. Y en esa carrera ya han entrado grandes actores privados: un grupo que incluye a Jeff Bezos, Elon Musk y Richard Branson, dispuestos a arriesgar grandes sumas de dinero. Sin duda convencidos de la predicción del conocido astrofísico Neil DeGrasse Tyson: “El primer billonario que habrá será la persona que explote los recursos naturales de los asteroides”[7].
La Luna representa el objetivo más inmediato, es el cuerpo celeste más cercano, un viaje de solo unos días y donde el desfase de las comunicaciones de solamente un par de segundos permite la operación remota de robots desde la Tierra. Su baja gravedad implica que se necesitará relativamente poca energía para transportar los recursos mineros a la órbita terrestre. Contiene en abundancia helio-3, una fuente potencial de combustible para los reactores de fusión[8]. Así mismo, abundan unos elementos conocidos como “tierras raras”, muy necesarios para modernas tecnologías como el coche eléctrico o los teléfonos móviles. También se ha confirmado la existencia de cantidades sustanciales de hielo de agua en cráteres permanentemente a la sombra en los polos lunares; el hielo puede proporcionar agua potable y, mediante hidrólisis, se puede separar el hidrógeno, para su utilización como combustible, y el oxígeno para crear ambientes respirables. “Sin duda, la Luna va a ser un gran negocio”, afirma Prachi Kawade, analista de NSR, una empresa de investigación y consultoría especializada en el mercado espacial[9].
Para más adelante quedará la explotación de los asteroides, de los que existen más de un millón en el sistema solar. Están bastante más alejados, en su mayoría orbitan entre Marte y Júpiter, pero contienen metales valiosos como platino, níquel, cobalto y otros muchos. El asteroide metálico Psyche, con poco más de 200 km de diámetro, por ejemplo, contiene cerca de un 50% de metales, una cantidad total equivalente a millones de años de nuestra producción mundial anual de hierro y níquel[10]. Algunos son incluso lo bastante pequeños como para que sea técnicamente posible remolcarlos hasta la órbita terrestre para su explotación minera.
Esta nueva etapa de exploración espacial arranca con más actores. Estados Unidos pone en marcha el proyecto Artemisa[11], que prevé volver a poner astronautas en la Luna en un par de años. Y se ha asociado con Japón, la UE y Canadá, entre otros, para desarrollar una estación espacial que debe estar operativa en 2032. India, que colocó su primer robot en la superficie lunar el pasado año, prepara un viaje tripulado, y China, asociada con Rusia, proyecta una base para 2035. Australia, país que también ha conseguido alunizar un robot en enero de este año, está desarrollando maquinaria específica para la minería lunar.
De acuerdo con un estudio de previsiones realizado por PwC[12], el mercado de bienes y servicios de las actividades lunares alcanzará la cifra de 170.000 millones de dólares hasta 2040, dato que se apoya en el crecimiento previsto de la frecuencia y el número de misiones a la Luna. Y un elevado número de empresas privadas se preparan para participar en esta exploración, colaborando con las agencias estatales de sus respectivos países y también mediante proyectos propios. Una nave espacial privada llamada Odysseus aterrizó en la superficie lunar el 22 de febrero de este año. El módulo lunar fue creado por la empresa Intuitive Machines y su lanzamiento se llevó a cabo mediante un cohete de la empresa privada Space X.
Junto a las más conocidas Space X, Blue Origin o Virgin Galactic, que son ampliamente difundidas por sus respectivos millonarios propietarios, Elon Musk, Jeff Bezos y Richard Branson, existen decenas de empresas privadas embarcadas en proyectos espaciales.
Una legislación cada vez más necesaria
Los tratados existentes, firmados bajo los auspicios de la ONU entre 1967 y 1979, constituyen el derecho espacial existente. Fueron expresados en principios amplios y vagos que han permitido la máxima flexibilidad necesaria para las actividades espaciales exploratorias. Pero, a medida que la exploración da paso a la explotación de recursos, este derecho predominantemente internacional carece de la especificidad y la seguridad jurídica necesarias para una actividad comercial madura.
Está ampliamente aceptado el Tratado del Espacio Exterior de 1967, que prohíbe explícitamente a cualquier gobierno la reivindicación de recursos celestes como la Luna o un planeta, ya que son patrimonio común de la humanidad. Así lo expresa en su artículo segundo: “el espacio ultraterrestre, incluso la Luna y otros cuerpos celestes, no podrá ser objeto de apropiación nacional por reivindicación de soberanía, uso u ocupación, ni de ninguna otra manera”. Sin embargo, no prohíbe claramente poseer y utilizar recursos una vez extraídos de un cuerpo celeste. De hecho, otras partes del tratado dan a entender que tal uso está permitido. Ni prevé el probable caso de que muchas de las misiones previstas por diferentes países se dirigirán a explorar las mismas zonas de la Luna, donde las investigaciones actuales sugieren que hay agua o elementos valiosos para las necesidades de la Tierra.
No existe un marco internacional acordado sobre la explotación y utilización de los recursos espaciales, ni un mecanismo que respalde su futura aplicación. De hecho, el último de los tratados propuestos desde la ONU, el Tratado de la Luna de 1979, ha tenido muy escasa aceptación, ya que establece que la Luna y sus recursos naturales son “patrimonio común de la humanidad”, por lo que requiere crear un régimen internacional que regule la explotación de los recursos espaciales y garantice su reparto equitativo entre las distintas partes. Y no detalla la naturaleza exacta de este régimen ni define el término “recursos». No resulta operativo, ya que ha sido firmado por tan solo 17 países, entre los que no hay ninguno que esté verdaderamente involucrado en actividades espaciales.
Por el contrario, muchos países sostienen que el Tratado del Espacio Exterior permite la extracción comercial de recursos, incluso por parte de actores del sector privado. Y, de acuerdo con ello, Estados Unidos ha asumido un papel de liderazgo, tomando la iniciativa en esa dirección. Así, en 2015 aprobó la primera ley nacional de recursos espaciales del mundo. Una ley que reconoce los derechos de sus ciudadanos y empresas a poseer materiales recogidos en el espacio exterior, pero que no reivindica la propiedad estadounidense o privada de los cuerpos celestes. Otros países han seguido su ejemplo con leyes nacionales similares, entre ellos, Luxemburgo, Emiratos Árabes, Japón, India e Italia.
Y en 2020 promueve los Acuerdos de Artemisa, que pretenden elevar estos valores al plano internacional, proponiendo un marco de cooperación internacional en la Luna bajo la égida de Estados Unidos, mediante acuerdos bilaterales. La idea es permitir a entidades privadas y públicas realizar actividades comerciales en la Luna, que se regulan creando “zonas seguras” para desconflictivizar las actividades lunares; respetando el principio de que la extracción y el uso de recursos en la Luna deben realizarse de forma que se cumpla el Tratado del Espacio Exterior. Inicialmente se firmó por parte de ocho países, pero en la actualidad ya lo han firmado cuarenta.
En 2021 China y Rusia anunciaron planes para establecer una base habitada permanentemente en la Luna, invitando formalmente a otros Estados y organizaciones internacionales a participar en la Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS), que incluyen la posibilidad de minería lunar y la utilización de recursos lunares. Asegurando que el proyecto estará “abierto a todos los países y socios internacionales interesados”[13].
La militarización del espacio, otra fuente de conflicto
Las tensiones entre países creadas por la utilización de las órbitas cercanas a la superficie terrestre y la rivalidad ante el inminente desembarco en la Luna, se agravan por la falta de acuerdo sobre la posible
utilización del espacio como campo de batalla militar. El Tratado del Espacio Exterior de 1967 prohíbe el emplazamiento de armas nucleares o de cualquier tipo de armas de destrucción en masa en el espacio ultraterrestre, y el estacionamiento de dichas armas en cuerpos celestes. Pero no prohíbe la instalación de armas convencionales en satélites. Desde entonces ha habido numerosos intentos de impulsar un tratado multilateral que prohíba todo tipo de armas en el espacio, pero la falta de confianza en las intenciones de los distintos actores espaciales lo ha impedido. Ya en 2001 una comisión presidida por el Secretario de Estado americano se expresó así: “Si Estados Unidos quiere evitar un ‘Pearl Harbor espacial’, debe tomarse en serio la posibilidad de un ataque a sus sistemas espaciales”[14]. En 2019 se creó la Fuerza Espacial de Estados Unidos, un nuevo ejército destinado a proteger los intereses de Estados Unidos en el espacio. Y hace tan solo unos meses China ha creado su propio ejército espacial. También España modificó la denominación del Ejército del Aire, que pasó en 2022 a denominarse Ejército del Aire y del Espacio, poniendo de manifiesto la importancia del espacio ultraterrestre dentro del marco de la seguridad y la defensa.
¿Qué futuro nos espera?
La industria espacial se encuentra en una trayectoria de crecimiento e innovación, impulsada por una mayor participación de actores, agencias gubernamentales y empresas privadas, y un constante avance tecnológico que nos hace pensar que estamos cruzando una .
Los recursos del sistema solar parecen prácticamente ilimitados en comparación con los de la Tierra, y la minería extraterrestre nos brinda la oportunidad única de seguir abasteciendo a la Tierra de los recursos naturales que cada vez escasean más en nuestro planeta, mediante la creación de un flujo sostenible de suministro de recursos desde el espacio. Así lo atestigua un estudio recientemente publicado por investigadores de la Escuela de Minas de Colorado y del Fondo Monetario Internacional, en el que concluyen: “es posible que la minería espacial contribuya al crecimiento sostenible de la Tierra”[15].
Y tampoco parece inalcanzable la futurista visión de Jeff Bezos en la que la industria pesada se traslade al espacio y la Tierra se convierta en una zona residencial[16].
La única barrera que nos puede separar de este futuro es la falta de entendimiento entre naciones, para aceptar un modelo de gobernanza en la actividad espacial.
Instituto Ciencias de la Vida
Observatorio de Bioética
Universidad Católica de Valencia
[1] Sophie Goguichvili et al. The Global Legal Landscape of Space: Who Writes the Rules on the Final Frontier? Wilson Center October 1, 2021
[2] Space: Investing in the Final Frontier Morgan Stanley Research 2018
[3] Jack Holmes, Jack Goldsmith To the stars: international space law current & future states MinterEllison 2024
[4] Peggy Hollinger and Clive Cookson Elon Musk being allowed to ‘make the rules’ in space, ESA chief warns The Financial Times Limited December 5 2021
[5] Informe de políticas de Nuestra Agenda Común 7 Para toda la humanidad – el futuro de la gobernanza del espacio ultraterrestre Naciones Unidas Mayo 2023
[6] Ibid.
[7] Alex Gilbert Mining in Space Is Coming Milken Institute Review April 26, 2021
[8] M.Ribes Energía limpia, abundante y barata Observatorio de Bioética UCV Enero 2023
[9] Marianne Guenot La Luna ya está abierta para hacer negocios: los empresarios corren para embolsarse miles de millones Business Insider 27 ago. 2023
[10] Pierre Henriquet Mining in space: can we do it? Polytechnique insights INSTITUT POLYTECHNIQUE DE PARIS May 17th, 2022
[11] M. Ribes Una nueva carrera espacial Observatorio de Bioética UCV Octubre 2022
[12] Lunar market assessment: market trends and challenges in the development of a lunar economy PwC Research Paper September 2021
[13] Melissa de Zwart et al. Space resource activities and the evolution of international space law Acta Astronautica Volume 211, October 2023, Pages 155-162 https://doi.org/10.1016/j.actaastro.2023.06.009
[14] War in space is no longer science fiction The Economist Jan 31st 2024
[15] Maxwell Fleming et al. Mining in space could spur sustainable growth PNAS 2023 Vol. 120 No. 43 e2221345120
[16] Sean Captain Jeff Bezos wants to save Earth by moving industry to space Fast Company Sep 5, 2019
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